Las cosas que no se ven son eternas

“¿Qué a ti?, Sígueme tú” Juan 21:22 Las experiencias personales producen reacciones diferentes según el carácter y estado espiritual de los seres humanos. Con respecto a lo que hemos considerado en los días previos, podríamos presuponer las respuestas que otros –nosotros–habríamos probablemente evidenciado. Por ejemplo, frente a un mínimo compromiso de alguien para con otro, el solo atisbo de atraso en su cumplimiento produce impaciencia, inquietud, desasosiego y la presión por obtenerlo pronto. Aun los creyentes, sabiendo de la presencia del Señor en la vida, de su voluntad y soberanía, caen en la simplificación de las circunstancias, se establecen rápidamente explicaciones y conclusiones se sacan con respecto de lo que pasó o no pasó, de porqué tal o cual está pasando por esta situación, de porqué me pasa esto, de que tal vez “Dios se olvidó de mí”. Piense el lector en la experiencia de José. De muy joven tiene dos sueños que generan resentimiento y desprecio en sus hermanos: él sueña que el sol, la luna y doce estrellas se inclinan ante él. Antes había soñado lo mismo con la figura de manojos después de la siega (Génesis 37:6-9). Notemos que la interpretación correcta no la hace él mismo sino su familia:  “¿Qué sueño es éste que soñaste? ¿Acaso vendremos yo y tu madre y tus hermanos a postrarnos en tierra ante ti?” (Génesis 37:10), pero todo parece...

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